Ellos siempre lo supieron, porque muchas veces se lo dijimos: son parte de nuestra familia. Para nosotros, son parte de la Escuela N.º 845. Pero ese lugar tan especial no se los regaló nadie; se lo ganaron con los años, con su compromiso, con su cariño y con esa manera silenciosa de estar siempre presentes. Cuando se creó la Escuela N.º 845 y todavía dábamos clases en el Complejo Polideportivo, ellos asumieron una responsabilidad que quizás nunca nadie les pidió formalmente, pero que para ellos estaba implícita desde el momento en que nuestra escuela comenzó a funcionar en ese espacio. Se preocuparon por mantener todo limpio y ordenado para que nuestros niños y niñas, a pesar del contexto y de las dificultades, pudieran recibir educación en un lugar digno, limpio y agradable, mientras esperábamos el sueño de tener nuestro propio edificio escolar. Esta es una fotografía a la que le tengo un cariño muy especial. Don Baty solía decirme que yo era su otra hija. Así que Mirta, su hija, tuvo que compartir durante muchos años el cariño de su papá conmigo. Siempre nos esperaba con caramelos en los bolsillos. Era uno de esos pequeños gestos que, con el paso del tiempo, adquieren un significado enorme. Junto a Abel Graciadey, no solo se encargaba de mantener el lugar limpio y ordenado. Ellos hicieron algo mucho más importante: nos hicieron sentir queridas. Nunca sentimos que estábamos ocupando un espacio donde molestábamos o que nuestra presencia era una carga. Por el contrario, nos hicieron sentir que estábamos en casa. Pasaron los años y, finalmente, nuestra querida Escuela N.º 845 tuvo su propio edificio. Pero Don Baty seguía siendo parte de nuestra historia. Incluso cuando ya estaba a punto de jubilarse, cada vez que mi camino pasaba por el Complejo Polideportivo, tenía que detenerme. Era casi una costumbre, un encuentro que no podía faltar. Y allí estaba él, buscando en el bolsillo para entregarme esos caramelos que hoy extraño tanto. Así fue hasta el último día que trabajó. Hoy, al mirar esta fotografía, no solo recuerdo a un hombre que cumplía con su trabajo. Recuerdo a una persona generosa, sencilla y enorme de corazón, que supo acompañarnos desde aquellos primeros días, cuando la Escuela N.º 845 era apenas un sueño que comenzaba a crecer. Don Baty fue parte de ese comienzo. Fue parte del camino. Fue parte de nuestra familia. Y por eso, aunque pasen los años, siempre habrá un lugar para él en la historia y en el corazón de nuestra escuela. ¡Un grande, Don Baty! De esos que dejan huellas que el tiempo nunca podrá borrar.